Esta historia se la contó un Cobaya viejo a la bisabuela del indio Cleto, una bruja que entendía la lengua de los animales; y el indio Cleto me la contó a mí con la prohibición de referirla mientras él viviera. El indio Cleto ha muerto hace ya años, sargento de línea del destacamento de Fortín Tostado, Santa Fe.
El Cobaya es el bicho más ladino, vividor, endiablado y matrero que pisa el monte. Se parece mucho a un ratón grande y sin cola, con su color gris tierra, hocico puntiagudo y cuatro dientes roedores; se ofende mucho que le digan ratón, porque dice que su familia es del conejo, y cuando lo llaman conejito o chanchito de
Pues aconteció que un año don Cobaya no sembró maíz; siempre con “mañana lo haré” –y mañana llovía o estaba enfermo o tenía visita-, pasó el tiempo y cuando los maizales de sus vecinos, el Chajá, el Tigre y el Perro, estaban boyantes, lozaneando los choclos, entre la chala reventona y el barbijo bermejo, don Cobaya se halló sin una brizna en el campo y con mucha hambre en el cuerpo. Se vio entonces mal, aguzó el ingenio y salió a pedir prestado.
Al primero que llegó fue al Chajá. No estaba en casa más que la señora. “Mejor”, se dijo don Cobaya:
-Buenos días, mi patrona, y toda la compañía. No se me levante, hágame el favor, usté está en su casa y yo vengo a molestar. ¿Y de quién son estas criaturitas? ¡Qué lindura de nenes! ¿Pero para qué estoy preguntando de quién son, si son el vivo retrato de su madre?
Todos saben que
Ése era el punto crítico.
-Precisamente patrona, yo venía a pedirle… ¿Usté ha visto mi maizal?
-No.
-¡Un maizal de mi flor! Pero… como sucede que sembré tarde, resulta que todavía no ha granado y yo necesito… No que me falte qué comer, que lo que es en eso, gracias a Dios, el pucherito de cada día hasta ahora en mi casa, treinta años que tengo, nunca me ha faltado… Pero como usté sabe, ahora se casa una entenada mía y hay que sacar la olla grande; así que… ¿una arrobita de choclo fresco a usté le sería de mucho perjuicio?
-No, pero…
-¡Devolveré, patrona, devolveré arroba y media pesada y contada a toda su satisfacción!
Don Cobaya llevó al fin la arroba a su casa y salió corriendo para lo de
Después fue a lo del Perro. El Perro estaba durmiendo, abrió un ojo, y después el otro, y lo mandó a paseo. Pero don Cobaya sabía que el Perro tiene un punto flaco, la afición a la siesta; y se le puse al lado charlando como un loro barranquero, hasta que don Barcino, aburrido, le prestó una bolsa de maíz para que se mandara a mudar.
-¡Pero me la devolverás a su punto y hora! –dijo.
El Tigre le pidió noticias del Hombre. Don Cobaya no sabía nada, pero al momento inventó con todo descaro que el Hombre se había ido a labrar quebracho más lejos y que la tacuara-que-escupe-fuego se le había quebrado. El manchado era avariento, pero, bien impresionado por las noticias, le prestó rezongando nueve kilos de maíz, al veinte por ciento y ponderándolo mucho.
Y el Hombre le prestó otra arroba, con la condición de que nunca hiciese cuevas al lado de los alambrados aflojando los postes; y que le enseñáse dónde había tunas maduras y camachuís llenos.
Con cincuenta kilos de maíz, don Cobaya pasó el invierno como liebre en alfalfar. Pero, amigos, el tiempo pasó y el plazo llegó y la cosa se puso fea, porque a don Cobaya no le quedó ni el afrecho; y los vecinos cada vez que lo encontraban en la pulpería le tenían que recordar sus deudas, para quemarle la sangre, porque ya se sabe que “lechón fiado gruñe todo el año”. ¿Qué hizo?
Fue y citó para el día siguiente en su casa todos sus acreedores. A
Así que a las ocho en punto entró
-Siéntese y deje el rebenque, y sírvase un matecito –dijo don Cobaya-. ¿Por quién lleva luto, mi patrona?
Por sus hijos que se los había comido
-¡Trán, trán!
-¿Quién es?
-
-Ahí la tiene a tiro –dijo despacito don Cobaya.
-¡Escóndame por Dios! –dijo más despacio
¡No la iba a ver! Apenas entró
Media hora y se vio la polvareda en el camino.
-¿Aquello no es el Perro que viene para acá?
-¿El Perro? ¡No diga!
-A mí me parece.
-¡Velay! ¡No hay tiempo para irse! ¿Dónde me podría esconder?
-¿Usté le tiene miedo al Perro, comadre? Pero si usté misma me dijo…
-¡Vea compadre! ¡A dos perros más grandes que ése hizo disparar mi madre, cuando yo era chica! ¡Pero usté quiere que yo mate ahora a ese bandido con lo mal que ando ahora con el comisario, desde las votaciones, y la policía usté sabe cómo es! Usté muy bien sabe; embrollos con
Dice el sargento Cleto que más de un cuarto de hora le costó al Perro estrangular a
-¡Usté es un valiente que nos ha librado a todos de ese mal bicho! ¿No se enjuaga la boca, patrón? ¡Manuela, traé esa arroba de maíz que está en la cocina! ¿No se sirve un traguito de ginebra?
-No.
-¿Un pedazo de churrasco?
-No tengo hambre.
-Tengo charqui lindo.
-No me gusta.
-¿Mazamorra, no quiere?
-¡No!
-¿Un poco de dulce de zapallo?
-¡Los diez kilos de maíz!
-¡Manuela, a ver si te apurás!
El Perro venteó al Tigre. Se paró de un salto. “Me voy –dijo-, porque por aquí hay tigre y ése siempre busca camorra…”
-¿Adónde va a ir, patrón, si el Tigre ya está al cair? ¿No lo está viendo atrás de aquel espinillo? Mejor que se esconda rápido debajo de la cama.
El pobre Perro se escondió, pero don Cobaya lo traicionó y el Tigre lo descogotó y bebió la sangre caliente y aterciopelada. Y en seguida se puso a pedir a gritos, ronco y con la boca sucia, que se le pagase al punto todo lo que se le debía.
Decía el indio Cleto que el Tigre se emborracha con la sangre, y que no hay animal más caprichoso e irrazonable que un borracho cuando le da por la mala. Así que un tigre cebado en la sangre de un hombre es capaz de echarse al Paraná y asaltar a nado un buquecito de vapor, como pasó hace tiempo en el puerto de Candelaria. De modo que don Cobaya no sabía dónde estaba y trataba de arrastrar temblando, una bolsa de virutas de la cocina, diciendo que era maíz, porque el manchado estaba fiero.
-¡Apurate o te mato!
-¡Mire afuera, don Manchado, que me parece que viene gente!
El Tigre miró… y agachó las orejas, se golpeó las ancas con la cola y se le fue como un soplo la mamúa. Por la picada polvorienta y llena de sol, a la vera del algarrobo, venía el Hombre chiflando, con su escopeta al hombro. El Tigre pidió muy mansito que lo escondiera –no es por él, sino por la tacuara-que-escupe-fuego- y el apereá lo metió en el cuarto de al lado y le echó la llave.
De modo que cuando lo denunció, el Hombre no tuvo más que abrir un postigo y dejarlo seco de dos balazo. Y después lo desolló en cuatro tajos, porque era baquiano en eso, sobre que animal caliente se cuerea fácilmente; se echó al hombro el cuero, se acomodó la escopeta y dijo al Cobaya:
-Me voy a estaquiarlo pronto, para que no se me abiche. Cuarenta pesos me dan a la fila por este cuero. Los diez kilos de maíz que me debe, qué diablos, yo se los regalo, porque ya aquí llevo la ganancia del día.
-¡Que San Antonio se la guarde y se la aumente! –dijo el apereá muy devoto.
Y al acabar aquí su cuento, decía el sargento Cleto que, a pesar de todo, no había que tomar ejemplo del apereá; porque al fin y al cabo estuvo mal hecho; y si esta vez le salió bien, otra vez podía torcerse la boleadora, y salirle gallareta en vez de pato, porque el mejor jinete encuentra también su vizcachera. Y la prueba está, decía Cleto, que al año siguiente a don Cobaya lo comió
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